Trinidad: Camino y Danza de Dios

06/06/2020

“Las personas a principios del siglo XXI están preparadas para redescubrir a Dios como Trinidad, como una realidad relacional, abierta e infinitamente creativa”.

Por: Xabier Pikasa

El  término  perijóresis,  está  construido  con  dos  palabras:  una  es peri(alrededor)  y  otra chôreô (danzar) y significa “intercambiar lugares”, “danzar en torno”. Eso indica que Dios no es sólo diálogo  o  comunicación  verbal  (palabra  compartida),  sino  que  es comunión  y  comunicación  vital, pues cada “persona” existe en la medida que camina  (avanza)  hacia  la  otra  y  danza  con  ella,  ocupando su lugar y habitando en ella. La  palabra perijóresis, interpreta  la  relación  trinitaria  como  una  danza  divina  que  mantiene  la identidad de cada una de las personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), pero relaciona a cada una de ellas con las otras, en línea de amor (de in-habitación), que se expresa por una reciprocidad e inter-penetración mutua, de carácter total, de cada una con las otras(Jn 14, 10-11).

El amor de cada persona  se expresa  a  través del don completo de  sí y  de la acogida total de las otras  personas.  Eso  significa  que  la  Trinidad  puede  entenderse  como  una  danza  divina  de  tres personas  que  se  aman  unas  a  las  otras  y  se  acogen  de  forma  tan  plena  que  cada  una  se  vuelve “una”  con  las  otras.  Conforme  a  esta  comprensión,  la  Trinidad  aparece  como  prototipo  de sociedad perfecta y de esa forma ofrece un modelo de comunión social para el mundo, es decir, para los   hombres   y   mujeres,   los   mayores   y   los   niños,   todos   en   el   gran   baile   de   la   Vida. Partiendo de su participación en el misterio divino, en gesto de fe, a través del Espíritu Santo, los cristianos han de crear una sociedad que responda a esta danza dadora de vida y generadora de amor, de manera que podemos decir, con Leonardo Boff, que La Trinidad es la mejor comunidad. Formamos parte de la “danza” y camino de Dios:    Según eso, la “perijóresis” es una forma de entender la invitación que Dios nos dirige en Jesús, por el Espíritu Santo, para que hombres y mujeres nos  sumemos a la danza  de su amor más íntimo y  más universal, caminando unos a otros (en otros) en amor, de manera que nos demos cuenta de la interconexión fundamental que nos vincula y  enriquece. Ciertamente,  Dios  nos  ha  invitado  a  participar  en  esta  danza  divina  de  amor  por  el Cristo; pero nosotros hemos dudado: no sabemos si queremos o no queremos aceptar la mano de Dios para danzar con él. Somos nosotros los que tenemos que tomar la decisión, para decidir el grado de intimidad con el que queremos que Dios dance con nosotros y en qué medida queremos que sea Dios quien dirija nuestra danza.

Tabernáculo de la iglesia de Steyl.

La  lectura  de  los  textos  de  los Padres  de  la  Iglesia  nos  ofrece  la  forma  de  aprender  los pasos  de  esta  danza,  para  que  sepamos  escuchar  la  música  del  Espíritu,  de  tal  manera  que,  a medida que Dios va infundiendo su amor en nosotros, nuestras vidas puedan venir a convertirse en  acontecimientos  de  gracia,  pues  la  existencia  de  Dios  se  expresa  y  despliega  en  cada uno  de nosotros. La Trinidad es un despliegue de la vida y persona de Jesús, tanto en su vinculación a Dios (en su relación con el Padre) como en su apertura hacia los seres humanos, en su mensaje de libertad y en el don pascual de  su Espíritu. El Dios cristiano es comunión de amor que se expresa  como don  fundante  (Jesús  brota  de  Dios)  y  como  entrega  personal  (Jesús  pone  su  vida  en  manos  de Dios),  en  el  encuentro  de  vida  del  Padre  y  del  Hijo,  donde  todo  alcanza  su  verdad  perfecta. La  Trinidad  es  la  hondura  de  Dios,  que  despliega  y  regala  su  misterio,  por  medio  del Espíritu,  en  la  Iglesia, que  así  aparece  como  sentido  y  lugar  de  la  misma comunión  divina, culminada  y  perfecta,  que  viene  a  revelarse  como  fuente  de  toda  comunión  para  los  humanos. Dios es vida eterna compartida y desplegada en la historia de los hombres, y sólo por fundarse en ese  Dios,  la  iglesia  puede  ser  experiencia  de  vida:  comunión  de  hermanos  que  regalan  y  reciben (comunican) la existencia. El Dios encarnado en Jesús se revela y despliega  en la iglesia (sin dejar de ser divino) como proceso culminado y comunión perfecta: eso es lo que la iglesia llama Espíritu Santo y así lo han defendido con gran fuerza los Padres del Concilio de Constantinopla (año 381). La Trinidad nos muestra que Dios es un despliegue de amor que brota del Padre, se expande por el Hijo y culmina  en  el  Espíritu  Santo. Dios  sólo  existe  y  sólo  puede  concebirse  en  la  medida  en  que  se entrega a sí mismo, en generosidad interior, para compartir la vida. Así lo hemos visto en Jesús: él nos  ha  mostrado  que  Dios  mismo  es  amor  compartido,  comunión  de  personas  que  existen gozosamente  al  darse  una  a  la  otra.  Así  podemos  afirmar  que  cada  persona  existe  en  sí  misma existiendo en la otra, en gesto de habitación mutua (perijóresis).

Reflexión extractada del subsidio  de la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos) para la fiesta de la Trinidad. https://www.clar.org/

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