*Por: P. Roberto Díaz SVD

El 12 de junio se recuerda, es decir se hace memoria, de los mártires verbitas polacos que murieron cruelmente en campos de concentración durante la segunda guerra mundial, pues junto a judíos, gitanos, homosexuales, y otros grupos, también fueron perseguidos encarnizadamente por el régimen nazi, sacerdotes y religiosos católicos. Entre ellos se cuentan a los Misioneros del Verbo Divino: Ludovico Mzyk, Estanislao Kubista, Luis Liguda y Gregorio Frackowiak, quienes fueron declarados “Beatos” por el Papa Juan Pablo II el 13 de junio de 1999.

¿Pero cuál fue el mérito de estos hermanos nuestros para ser nombrados mártires de la iglesia?

El Catecismo de la Iglesia en su número 2473 dice: “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad.”

Entonces, los mártires son personas comunes y corrientes que fueron capaces de hacer un camino en su vida, que los unió al Señor, a su persona y a su verdad, y que recibieron el don de la fortaleza para permanecer fieles al Señor y a la fe que los sustentaba, cuando les fue exigido por la inhumanidad de sus verdugos.

No son una especie de superhéroes, como los que admiramos en las películas de ficción. Ellos no deseaban morir, ni sufrir; les costó, como al Maestro en el Monte de los Olivos: “Líbrame de esta copa de amargura; ¡pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú!” (Mc 14, 36). Ciertamente, como él, estuvieron disponibles para enfrentar con altura humana y cristiana el sacrificio.

Los mártires son hombres y mujeres que se fiaron de la palabra de amor dada por Jesús a su iglesia y a la humanidad, como lo indica san Pablo: “¿Quién podrá arrebatarnos el amor que Cristo nos tiene? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, el miedo a la muerte? Pero Dios, que nos ha amado, nos hace salir victoriosos de todas estas pruebas.” (Rom 8, 35s)

Ellos lograron alcanzar la convicción de que “Todo coopera al bien de los que ama Dios” (Rom 8, 28). Santo Tomás Moro, por ejemplo, quien fue también martirizado por sus convicciones, consolaba a su hija poco antes de su muerte: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.

Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia, ser mártir es ser testigo de la verdad. Pero no de una verdad teórica o de una idea, sino de una verdad que se expresa en un modo de vivir humano, y por tanto deja en evidencia la inhumanidad, el “error”, de sus asesinos. Por eso la iglesia desde antiguo ha venerado con cariño a sus mártires y sostiene con las palabras de Tertuliano, que “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”, o podríamos decir hoy, la sangre de los testigos son semillas de una nueva humanidad transformada por el amor de Cristo.

El amor, la fortaleza y la audacia que testimoniaron nuestros cohermanos verbitas mártires nos animen también a nosotros en nuestra situación actual a ser testigos cada vez más creíbles de una humanidad transfigurada por el amor, la paz, la justicia y la ternura de Dios que es fiel en sus promesas.

Oración

* Te damos gracias Espíritu Santo, por haber engrandecido con tantos dones de tu gracia a los beatos verbitas, su entrega martirial los convirtió en granos fecundos de vida nueva.

+ Oh Dios, que llamaste a los beatos mártires Ludovico, Estanislao, Luis y Gregorio a la vida eterna por medio de la cruz; concédenos por su intercesión, mantener con audacia, hasta la muerte, la fe que profesamos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amen.

(Tomada del Libro de Oraciones, Vademecum, de la SVD)

*Sobre el autor:

El P. Roberto Díaz Castro SVD es el encargado de Comunicaciones de la Provincia y también acompaña pastoralmente, como capellán, al Colegio del Verbo Divino de Las Condes.

Fue formador en el Juniorado Panam y ha servido en diversas parroquias verbitas, entre ellas, en Osorno, Rancagua, Quepe y Puerto Domínguez.