Por
P. Leo Jesus Leto, SVD
Coordinador de Comunicaciones, SVD Chile
La Congregación del Verbo Divino (SVD) nació de una idea que muchos, en su tiempo, consideraron una verdadera “locura”. Aquella intuición germinó en el corazón de un sacerdote diocesano de la diócesis de Münster, Alemania, llamado Arnoldo Janssen. No era una figura destacada de la Iglesia ni alguien reconocido por poseer capacidades extraordinarias. Tampoco era un sacerdote carismático, capaz de atraer fácilmente la atención de los demás. Era, más bien, un sacerdote sencillo y un profesor bastante rígido en su manera de enseñar. Sin embargo, en la aparente sencillez de su persona habitaba una convicción profunda: fundar una casa misional en medio de un mundo herido por la intimidación y el autoritarismo del poder político.
En un comienzo, Arnoldo Janssen soñó con establecer una casa misional en Steyl. Esta debía convertirse en un lugar de acogida para los sacerdotes y seminaristas diocesanos que habían perdido sus espacios de servicio pastoral como consecuencia de las políticas del gobierno de Otto von Bismarck. Allí serían acogidos, formados y preparados para convertirse en misioneros dispuestos a ser enviados a distintas tierras de misión.
Este sueño no nació en un tiempo de tranquilidad, sino en medio de una profunda crisis social y política, marcada por una fuerte hostilidad contra la Iglesia católica en Alemania. Iglesias y conventos fueron clausurados, las escuelas católicas sufrieron severas restricciones, algunos obispos fueron encarcelados y numerosos sacerdotes perdieron la libertad para ejercer su ministerio. En una sociedad tan herida, fundar una casa misional parecía tan absurdo como plantar un árbol en medio de un matorral en llamas.
Sin embargo, fue precisamente en medio de aquella devastación donde Arnoldo Janssen descubrió otra posibilidad: el nacimiento de algo nuevo. Mientras muchos solo contemplaban una Iglesia sufriente y herida, él intentaba discernir los signos de la providencia divina. A sus ojos, la crisis social y política que provocaba el cierre de instituciones eclesiales no representaba necesariamente el final de la misión de Dios.
Arnoldo contemplaba aquella crisis desde la perspectiva de la fe y a la luz del nacimiento de Jesús en la pobreza del pesebre de Belén. Comprendía que una crisis también podía convertirse en un vientre fecundo, en el cual Dios hiciera germinar un nuevo comienzo al servicio de la misión de su Reino.
No obstante, el proyecto inicial de Arnoldo Janssen estuvo lejos de desarrollarse de acuerdo con sus expectativas. Casi ningún sacerdote diocesano se presentó para incorporarse a la misión. La puerta que esperaba ver abierta permaneció cerrada. Frente a esta dificultad, buscó otro camino y decidió fundar una escuela misional destinada a jóvenes. Allí serían educados y formados desde temprana edad, para que algún día pudieran convertirse en misioneros en diferentes lugares del mundo.
Paradójicamente, fue aquella escuela misional la que comenzó a crecer. Numerosos jóvenes llegaron para estudiar, recibir formación y consagrar sus vidas al anuncio del Evangelio. Aquello que no formaba parte del proyecto inicial de Arnoldo Janssen se transformó en el camino elegido por Dios para llevar adelante su sueño.
Aquí se revela una de las grandes paradojas de la fe: el ser humano hace sus proyectos, pero es Dios quien abre los caminos. El fracaso no siempre significa que Dios rechace un sueño. A veces, es el modo misterioso mediante el cual conduce nuestros pasos desde un sendero estrecho hacia un horizonte más amplio. El proyecto inicial de Arnoldo Janssen no se desarrolló como él lo había imaginado; sin embargo, precisamente de aquel camino inesperado surgieron las primeras generaciones de misioneros del Verbo Divino.
En medio de las dudas y las críticas
La idea de Arnoldo Janssen de fundar una casa misional y una congregación religiosa misionera fue cuestionada por muchas personas. Incluso sus amigos y quienes lo conocían dudaron seriamente de aquel proyecto. Sus cuestionamientos no carecían de fundamento, pues se apoyaban en la personalidad del propio Arnoldo, en el régimen alemán contrario a la Iglesia católica y en la precariedad económica que enfrentaba.
La primera dificultad tenía relación con sus capacidades personales. Arnoldo Janssen poseía una notable inteligencia para las matemáticas. Durante sus estudios en la Universidad de Bonn se especializó en esta disciplina y obtuvo un diploma en el área. Después de ser ordenado sacerdote, ejerció como profesor en una escuela secundaria de Bocholt.
A pesar de sus capacidades intelectuales, no era una persona que tomara decisiones con facilidad. Era conocido por su carácter obstinado, sus dudas y su lentitud para adoptar una determinación. Él mismo era consciente de sus limitaciones. Se sentía capaz de animar a otros a fundar una casa misional, pero no se consideraba la persona adecuada para establecerla y dirigirla personalmente.
Quienes lo conocían compartían una impresión similar. Uno de sus antiguos compañeros de estudio llegó a afirmar:
“Entre todos nuestros compañeros de curso, si hubiera que elegir a la persona más indicada para fundar una casa misional, Arnoldo ocuparía el último lugar”.[6]
Aunque estas palabras suenan duras, reflejan que, desde una perspectiva meramente humana, Arnoldo Janssen no parecía ser la persona mejor preparada para convertirse en fundador. Pocos reconocían en él las cualidades propias de un gran líder. Sin embargo, la historia de la salvación nos enseña que Dios no siempre escoge a los más fuertes, elocuentes o convincentes según los criterios del mundo. Con frecuencia elige a personas frágiles, para manifestar que las grandes obras no nacen únicamente de la capacidad humana, sino de la fuerza de su gracia.
La segunda dificultad era el Kulturkampf, impulsado por el gobierno de Otto von Bismarck. Esta política restringió profundamente la presencia y la libertad de acción de la Iglesia católica en Alemania. Iglesias, conventos y escuelas católicas fueron clausurados o sometidos a fuertes limitaciones. Los sacerdotes que trabajaban en instituciones estatales fueron destituidos y varios obispos terminaron encarcelados.
En semejantes circunstancias, el proyecto de establecer una casa misional parecía carecer de toda lógica. La propia Iglesia alemana estaba herida y luchaba por sobrevivir. ¿Cómo podía pensarse en fundar una nueva institución para enviar misioneros a otros pueblos, cuando la Iglesia del país apenas conseguía mantenerse en pie?
Un obispo cuestionó el proyecto de Arnoldo Janssen con estas palabras:
“Vivimos una situación crítica. La Iglesia se encuentra derrumbada y desarticulada, ¿y usted pretende fundar una casa misional?”.
Arnoldo respondió con una convicción que llegaría a caracterizar toda su existencia:
“Precisamente sobre estas ruinas debe comenzar algo nuevo”.
Su respuesta no constituía una negación de la realidad. Arnoldo veía con claridad las ruinas que se levantaban ante sus ojos. Sin embargo, se negaba a aceptar que aquellas ruinas tuvieran la última palabra. No contemplaba la historia solamente como una sucesión de acontecimientos políticos, sino también como el espacio en el cual Dios actúa silenciosa y misteriosamente.
La fe no cierra los ojos frente a la destrucción. Por el contrario, contempla la realidad con los ojos abiertos y se atreve a creer que Dios todavía puede construir algo nuevo con los restos que han quedado. Cuando el ser humano afirma: “Todo ha terminado”, la fe susurra: “Tal vez Dios está comenzando algo nuevo”.
La tercera dificultad era de carácter económico. Cuando Arnoldo Janssen decidió fundar la casa misional, carecía de los recursos necesarios. No tenía dinero para levantar una gran institución. A pesar de ello, se atrevió a presentarse ante el obispo de Roermond, monseñor Joannes Paredis, para solicitar la autorización correspondiente, pues Steyl se encontraba dentro del territorio de aquella diócesis.
Al saber que Arnoldo no contaba con recursos económicos, el obispo comentó:
“Miren a este hombre. Quiere fundar una casa misional, pero no tiene dinero alguno. Dice que su único capital es la fe. O está loco o es un santo”.[8]
Desde la lógica económica, Arnoldo Janssen no poseía capital alguno. Pero desde la lógica de la fe, contaba con algo que no podía expresarse en cifras: su confianza en la providencia divina. Estaba convencido de que, si Dios quería aquella obra, también movería el corazón de las personas para que la sostuvieran.
De esa confianza nació una de sus expresiones más conocidas:
“El dinero está en los bolsillos de los benefactores”.
Estas palabras no expresaban pasividad ni una confianza ingenua que dispensara del esfuerzo. Nacían de la convicción de que Dios también actúa mediante la generosidad humana. Y así ocurrió: comenzaron a llegar aportes de benefactores y de personas que creían en la obra misionera. Aquello que inicialmente parecía imposible empezó, poco a poco, a adquirir una forma concreta.
Una gracia que supera todo cálculo
Aunque muchos dudaban de sus capacidades y criticaban su proyecto, el espíritu de Arnoldo Janssen no se apagó. Los cuestionamientos lo impulsaron a discernir con mayor profundidad la voluntad de Dios. No avanzaba porque confiara ciegamente en sus propias fuerzas, sino porque creía que Dios podía servirse de su fragilidad.
Su convicción se fortaleció después de encontrarse con monseñor Giovanni Timoleone Raimondi, vicario apostólico de Hong Kong, quien en aquella época se encontraba de visita en Alemania. Durante aquella conversación, monseñor Raimondi le dijo:
“Si no hay nadie más dispuesto, entonces es usted quien debe fundar esa casa misional”.
Estas palabras conmovieron profundamente a Arnoldo Janssen. Hasta entonces, probablemente había esperado que otra persona —más preparada, influyente o capaz— asumiera aquella responsabilidad. Sin embargo, en las palabras del obispo percibió una llamada de Dios dirigida personalmente a él.
Con frecuencia esperamos que sean otros, supuestamente más preparados, quienes realicen las grandes obras. Esperamos a los más fuertes, a los más ricos, a los más inteligentes o a los más valientes. Pero el llamado de Dios puede manifestarse mediante una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, estremecedora: “Si no hay nadie más, ¿por qué no tú?”.
Este llamado no significa que todas las dudas de Arnoldo desaparecieran de inmediato. La valentía no consiste en vivir sin miedo, sino en decidirse a caminar aun cuando el temor permanece en el corazón. Arnoldo Janssen no se hizo fuerte porque sus debilidades hubieran desaparecido, sino porque aprendió a ponerlas en las manos de Dios.
Finalmente, gracias a la providencia divina, aquella idea considerada “loca” se transformó en una realidad. El 8 de septiembre de 1875, Arnoldo Janssen inauguró oficialmente la casa misional de Steyl, en los Países Bajos. Desde entonces, esa fecha es reconocida como el día del nacimiento de la Congregación del Verbo Divino, la Societas Verbi Divini —SVD—.
La casa misional nació de manera sencilla, en medio de la precariedad y la incertidumbre. No había grandeza ni seguridades humanas capaces de garantizar su futuro. Sin embargo, desde aquella sencillez, Dios hizo crecer una familia misionera que con el tiempo se extendería hacia numerosos pueblos y culturas.
Arnoldo Janssen no solo fundó la Congregación del Verbo Divino. También dio origen a dos congregaciones religiosas femeninas: las Siervas del Espíritu Santo —SSpS—, fundadas en 1889, y las Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua —SSpSAP—, fundadas en 1896. La fundación de estas tres congregaciones misioneras respondió, con hechos, a las numerosas dudas que antes se habían levantado contra él.
Sin embargo, aquel logro no fue una victoria personal de Arnoldo Janssen sobre quienes habían dudado de sus capacidades. En un sentido mucho más profundo, su historia constituye un testimonio de la manera en que actúa la gracia de Dios. La gracia no siempre se manifiesta a través de las personas más valoradas o reconocidas. Puede fluir mediante alguien considerado débil, lento, indeciso o aparentemente poco adecuado para asumir el liderazgo.
La gracia de Dios no puede ser predicha, poseída ni controlada completamente por el ser humano. Ella actúa silenciosamente, atraviesa los límites de nuestras capacidades y se mueve más allá de los cálculos de la razón.[10] Al ser humano le corresponde abrirse, caminar con fe y permitir que Dios lleve a término la obra que Él mismo ha comenzado.
Desde Steyl hacia las naciones
Después de la inauguración de la casa misional, el 8 de septiembre de 1875, Arnoldo Janssen comenzó a organizar la formación de los futuros misioneros. Abrió una escuela de latín e impartió cursos de filosofía y teología a los jóvenes que se incorporaban. Aquella formación debía prepararlos para recibir la ordenación sacerdotal y asumir posteriormente la misión ad gentes.
Cuatro años más tarde, en 1879, la casa misional de Steyl envió a sus dos primeros misioneros del Verbo Divino a China: el padre José Freinademetz, SVD, y el padre Johann Baptist Anzer, SVD.
Aquel envío fue un pequeño paso que contenía un significado inmenso. La casa misional que alguna vez había parecido imposible abría ahora sus puertas para enviar a sus miembros más allá de las fronteras lingüísticas, nacionales y culturales. La Palabra de Dios contemplada en Steyl comenzaba a caminar hacia las naciones.
Después de aquel primer envío, la casa misional continuó formando y enviando nuevos misioneros a diferentes países. Dejaron sus lugares de origen, aprendieron lenguas desconocidas, se insertaron en culturas distintas y compartieron la vida cotidiana con los pueblos a los que fueron enviados. Siguiendo las huellas de José Freinademetz y Johann Baptist Anzer, llevaron la Buena Noticia a diversas naciones.
De este modo, la Congregación del Verbo Divino no nació de la abundancia, sino de la carencia; no nació de la certeza, sino de la valentía para avanzar en medio de la incertidumbre; no nació del poder, sino de la disponibilidad de un ser humano frágil que aceptó ponerse en las manos de Dios.
La historia de Arnoldo Janssen nos enseña que aquello que el mundo considera una “locura” puede transformarse en una obra santa cuando nace en el silencio de la oración, se purifica en el sufrimiento y se realiza en obediencia a la voluntad de Dios. Arnoldo se atrevió a comenzar cuando la Iglesia se encontraba herida y rodeada de ruinas. Se atrevió a esperar cuando los demás solo veían lo imposible. Se atrevió a caminar cuando no poseía nada más que su fe.
De aquella fe surgió una casa misional. De esa sencilla casa nació una congregación misionera. Desde Steyl, la Palabra de Dios comenzó a caminar hacia las naciones.
La historia del nacimiento de la SVD no es únicamente el relato del éxito de Arnoldo Janssen. Es, ante todo, la historia de Dios actuando a través de la fragilidad humana. Cuando una persona se atreve a poner sus limitaciones en las manos del Señor, Él puede transformar la duda en vocación, las ruinas en cimientos, lo imposible en camino y una idea considerada “loca” en una bendición para el mundo.




