El 28 de enero de 2025 llegué desde Ghana a Chile como parte de mi experiencia transcultural-OTP. Más que un simple viaje geográfico, este acontecimiento significó para mí el inicio de un profundo peregrinaje humano, espiritual y misionero. Al dejar mi tierra natal, comprendí que la misión no consiste solamente en anunciar el Evangelio con palabras, sino también en dejarse transformar por el encuentro con los otros, sus culturas, sus historias y sus modos de vivir la fe.

Mis primeros meses transcurrieron en Santiago, una ciudad marcada por el dinamismo y la diversidad. Allí inicié el aprendizaje del español en una escuela ubicada en Bellavista. Aprender una nueva lengua fue mucho más que adquirir herramientas de comunicación; fue abrirme a una nueva manera de comprender el mundo y de relacionarme con las personas. En cada conversación descubrí que el lenguaje no solo transmite ideas, sino también identidad, memoria y esperanza.

Durante ese tiempo conocí compañeros provenientes de distintos países, y juntos compartimos el desafío de habitar una cultura diferente. Esta experiencia me hizo reflexionar sobre la universalidad de la Iglesia y sobre cómo el Espíritu Santo actúa en medio de la diversidad humana, creando comunión entre personas de distintas naciones y tradiciones.

En julio de 2025 fui destinado a la comunidad del Liceo Alemán del Verbo Divino en Los Ángeles. Allí la misión tomó un rostro educativo y fraterno. Compartir con los estudiantes, participar en las clases y convivir diariamente con la comunidad educativa me permitió descubrir que la educación es también una forma de evangelización. En cada encuentro con los jóvenes comprendí que enseñar y aprender son actos profundamente recíprocos: mientras ellos me ayudaban a integrarme en su cultura, yo también aprendía a mirar la vida con más sencillez, alegría y esperanza.

Poco a poco, el idioma dejó de ser una barrera y comenzó a convertirse en un puente. Descubrí que la verdadera comunicación nace del corazón abierto y de la disposición sincera para escuchar al otro. En medio de juegos, actividades escolares y conversaciones cotidianas, fui experimentando el valor filosófico y espiritual del encuentro humano como espacio donde Dios se manifiesta silenciosamente.

En enero de 2026 llegué a la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, en Rahue, Osorno. Allí mi experiencia misionera adquirió una dimensión más pastoral y eclesial. Participar activamente en la vida parroquial como acólito, lector y acompañante de jóvenes me permitió comprender la Iglesia como una comunidad viva que camina unida en la fe.

Uno de los aspectos más significativos fue acompañar a algunos jóvenes en su formación como acólitos. En ese proceso descubrí que la misión no consiste únicamente en transmitir conocimientos religiosos, sino en formar corazones capaces de servir con humildad y amor. La liturgia, la oración y el servicio pastoral se transformaron para mí en espacios concretos donde la presencia de Dios se hace cercana en medio de la vida cotidiana.

Además, las visitas a personas mayores, las oraciones comunitarias y las misiones de verano con los jóvenes fortalecieron profundamente mi vida espiritual. En cada rostro encontré historias de lucha, fe y esperanza que me ayudaron a comprender que el Evangelio se encarna de manera concreta en las realidades humanas. La misión, entonces, dejó de ser una teoría para convertirse en una experiencia viva de fraternidad y servicio.

Mirando todo este camino recorrido, puedo afirmar que Chile no solo me enseñó un nuevo idioma, sino también una nueva forma de comprender la vida, la comunidad y la fe. He aprendido que el ser humano crece verdaderamente cuando sale de sí mismo y se abre al encuentro con el otro. Filosóficamente, esta experiencia me permitió descubrir que la identidad humana no se construye en el aislamiento, sino en la relación, el diálogo y la solidaridad.

Hoy doy gracias a Dios por cada sacerdote, profesor, estudiante y miembro de las comunidades que me acogieron con generosidad. Gracias a ellos, me siento más fortalecido en mi vocación misionera y más consciente de que la presencia de Dios se revela en los pequeños gestos de acogida, amistad y servicio.

Esta experiencia transcultural permanecerá siempre en mi corazón como un testimonio de que la misión no solo transforma los lugares a los que uno llega, sino también el corazón de quien es enviado.

Kennedy Kofi Baah, SVD

(Edición del Equipo de Comunicación de SVD Chile)