Una espesa neblina, acompañada de un aire frío, cubría el cielo de la ciudad de Los Ángeles la mañana del sábado 28 de marzo de 2026. En medio de un frío que calaba el cuerpo, no se apagaba ni la voluntad ni el fervor de fe de la comunidad del Liceo Alemán del Verbo Divino, que se reunía para recorrer el Vía Crucis del Señor hacia la cima del cerro en el Fundo San José Huaqui.

En aquel silencio cargado de sacralidad, sacerdotes, docentes, funcionarios, padres de familia y estudiantes, desde el nivel preescolar hasta enseñanza media, avanzaban lentamente, recorriendo un camino que distaba mucho de ser una simple ruta geográfica. Se adentraban, más bien, en una gran narrativa que ha trascendido dos milenios: el misterio del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesucristo, núcleo del Misterio Pascual y corazón de la fe cristiana.

El Vía Crucis de aquella mañana superaba con creces una mera conmemoración histórica. Se transformaba en un espacio de contemplación colectiva, donde la fe no solo se proclama, sino que se experimenta y se vuelve a vivir en la profundidad de la existencia humana.

En medio de la neblina y el frío, emergía una conciencia creyente: el Dios en quien se cree no es un Dios lejano ni ajeno a la realidad humana, sino un Dios que entra en la historia concreta del sufrimiento del hombre, hasta abrazar la muerte en la cruz. Desde la perspectiva de la teología católica, la cruz no es símbolo de castigo ni de derrota; remite siempre a la resurrección, a la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Se convierte así en un signo paradójico: emblema de muerte que, al mismo tiempo, encierra la promesa de la vida y de la victoria. Por ello, el sufrimiento que se contempla en cada estación del Vía Crucis no constituye una exaltación del dolor, sino la revelación de un amor total: un amor que acepta padecer para redimir a la humanidad herida por el pecado.

En el silencio de aquel recorrido, la figura de Gustavo, estudiante que representaba a Jesús, se erigía como expresión concreta de la meditación comunitaria. Con el torso descubierto, cargaba la cruz sobre un camino de piedras, en medio de un clima implacablemente frío. Cada uno de sus pasos parecía evocar las huellas del Señor, marcadas por el sufrimiento, las heridas y la sangre, desde el pretorio de Pilato hasta el monte del Calvario. Aquella marcha manifestaba el peso de un dolor que no era solo físico, sino que trascendía los límites de lo humano. En su silencio se revelaba un profundo mensaje teológico: que el amor, la verdadera alegría y la auténtica victoria exigen valentía para perseverar, fidelidad para seguir adelante y disposición al sacrificio, incluso hasta los límites más dolorosos.

La procesión fue acompañada por el rector Luciano Burgos, junto a docentes, padres de familia y estudiantes, y guiada por el padre Aloysius Tamonob, SVD, y el padre Leoneto Jesús Leto, SVD. Los alumnos de último año representaron con solemnidad cada una de las estaciones del Vía Crucis, haciendo presente de manera viva y conmovedora la pasión de Cristo. En cada estación se elevaban oraciones que no eran simples palabras, sino expresiones de amor a Dios nacidas desde lo más profundo del corazón, en un intento por comprender el misterio del sufrimiento del Señor.

A la luz de la teología, el Vía Crucis invita a cada creyente a reconocer que el sufrimiento humano no es estéril cuando se une al de Cristo. La cruz deja de ser signo de condena y derrota para convertirse en signo de esperanza, de vida y de felicidad sin fin. Recuerda que detrás de cada dolor, herida o caída, se abre siempre la posibilidad de la resurrección; y que tras cada lágrima se esconde la promesa del consuelo divino.

El recorrido alcanzó su culmen en la celebración de la Eucaristía en medio de la naturaleza. Allí, en la sencillez del entorno, el misterio de la fe se hizo nuevamente presente en el pan y el vino, signos del amor que une el sufrimiento y la esperanza en una sola realidad. La jornada concluyó con un desayuno compartido, organizado por la administración del LAVD, Cegepal y con el apoyo del Grupo Scout de la institución. En ese espacio de encuentro, el calor humano comenzó a disipar el frío de la mañana. Sin embargo, más allá de ese momento, algo permanecía en el interior de cada participante: una experiencia de fe que no queda en el recuerdo, sino que se encarna y se vive en la vida cotidiana.
P. Leo Jesus Leto, SVD
(Coordinador de Comunicación, SVD Chile)




