Por
P. Yuventus Kota, SVD
El próximo 18 de febrero iniciaremos la Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza. En la actualidad, esta fecha conserva un sentido profundo que trasciende lo religioso, convirtiéndose en una herramienta de salud mental y espiritual en medio de un mundo acelerado.
Para muchos, su relevancia hoy reside en tres pilares fundamentales:
Pausa y desconexión: En una sociedad dominada por el ruido digital y la inmediatez, esta fecha es una invitación a «bajar el ritmo», alejándonos de las distracciones para buscar un momento de verdadera introspección.
Aceptación de la fragilidad: El recordatorio «polvo eres y al polvo volverás» actúa como un ejercicio de humildad. En un mundo que rinde culto al éxito y a la imagen perfecta, reconocer nuestra mortalidad y limitaciones nos ayuda a priorizar lo esencial. Propósito de cambio: Más que un castigo, el sentido de la penitencia hoy se enfoca en la renovación personal y la solidaridad. El ayuno y la caridad se transforman en medios para reconectar con las necesidades de los demás.
En resumen, la Cuaresma cobra sentido cuando se vive como una oportunidad para el autocuidado espiritual y la reconciliación con uno mismo y con el prójimo. Una vivencia personal de fraternidad. Sobre este espíritu de ayuno y reflexión, me gustaría compartir con ustedes una experiencia muy especial que viví hace años: tuve la oportunidad de compartir el ayuno con una familia musulmana en casa de mi tío. Fue un momento de aprendizaje profundo sobre la disciplina espiritual y la unión entre culturas.
Al concluir mi etapa de noviciado, durante un almuerzo de vacaciones, mi madre me hizo una invitación especial:
Hijo, tu tío Haji Juma Hazan desea que pases unos días con ellos en el pueblo de Mbuliloo, cerca de monte Kelimutu ( Kelimutu es un famoso por sus tres lagos de cráter que cambian de color (azul, verde, rojo, negro o blanco), en Ende, Flores (Indonesia). La familia se prepara para el Ramadán y están viviendo los días de ayuno.
Luego añadió con insistencia:
Me lo ha pedido varias veces; consúltalo con tu padre.
Mi padre, con tono sereno y firme, respondió:
Es verdad, hijo, sería un buen gesto.
Acepté con alegría. En mi mente se dibujó de inmediato la imagen de la aldea: los campos de arroz, los árboles frutales y el ambiente festivo que acompañaría el momento de romper el ayuno. Imaginaba también los manjares que coronarían ese tiempo sagrado.
Al llegar, compartí un momento entrañable con mi tía Haja Mariam, esposa de mi tío Haji Juma Hazan. Con humildad le pedí: Tía, permíteme ayunar con ustedes a partir de hoy. Ella respondió con ternura: Hijo, no te preocupes.
Insistí con entusiasmo: Por favor, tía.
Finalmente aceptó:Entonces tendrás que respetar nuestro horario.
Aquella tarde nos encontrábamos en la cocina preparando el takjil. Elaborábamos con esmero un kolak dulce (El kolak se elabora con judías verdes, yuca, plátano, azúcar de palma y leche de coco), destinado no solo a los hijos y nietos de la casa, sino también a compartirlo con los vecinos cercanos, como signo de fraternidad y para dar fuerzas a quienes ayunaban.
En medio de sus labores, mi tía citó con devoción el Corán:
«¡Oh, creyentes! Se os prescribe el ayuno, como se prescribió a quienes os precedieron, para que alcancéis la piedad» (QS 2:183).
Luego me preguntó: Ustedes, los católicos, también ayunan, ¿verdad? Así es, tía respondí. Especialmente durante la Cuaresma, como preparación para la Pascua de Resurrección. Sin embargo, nuestra práctica es distinta. Hoy el ayuno estricto se vive principalmente el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, día en que murió Jesucristo, nuestro Salvador. Ya no es tan común que alguien ayune durante toda la temporada.
Ella quiso saber el motivo.
Quizá sea la influencia de la modernidad reflexioné, o el énfasis que pone nuestra Iglesia en la libertad personal más que en la obligación externa.
Entonces le pregunté:
¿Cuál es para ustedes el sentido profundo de este sacrificio?
Con la amabilidad que la caracterizaba, me explicó que el ayuno es un mandato divino y un acto de obediencia que fortalece la piedad. Añadió:
Buscamos la recompensa espiritual de Alá, pues Él ha prometido multiplicar el mérito de quienes ayunan con devoción. Como dicen nuestras enseñanzas: “El ayuno es para Mí, y Yo mismo soy su recompensa”.
Dejó de remover el kolak y me miró con una paz nacida del silencio interior:
Hijo, el Ramadán no es una carga, sino un invitado de honor que llega una vez al año para limpiar la casa del alma. No ayunamos solo para pasar hambre, sino para que el corazón se vuelva más ligero y pueda sentir el dolor del que no tiene qué comer. Así fortalecemos la voluntad y recordamos que dependemos de Dios y no de nuestros deseos.
Mientras el aroma del azúcar de palma llenaba la cocina, ella explicaba cómo el ayuno une a la comunidad en paciencia y caridad. De pronto, desde la mezquita, se escuchó el adhan (el adhan es un llamado a la oración recitado por el almuédano). La conversación se interrumpió. Mientras ellos rezaban, yo guardé silencio y oré. Entonces comprendí que, aunque nuestras prácticas fueran distintas, ambas buscaban lo mismo: la purificación del corazón y el encuentro con lo sagrado.
Esta experiencia me enseñó que la tolerancia religiosa no consiste en “soportar” la fe del otro, sino en sentarse a su mesa, compartir su vida y reconocer que la piedad no tiene fronteras. En la calidez de aquel hogar musulmán, mi identidad católica se fortaleció. Aprendí que el respeto mutuo es el puente que transforma la diversidad de ritos en armonía de corazones.
Aunque nuestros caminos hacia Dios tengan nombres distintos, el amor al prójimo y el sacrificio personal nos hacen caminar bajo la misma luz.
El ayuno hoy: del alimento al corazón
En el contexto actual de la Cuaresma, la reflexión se desplaza del “qué dejo de comer” al “qué me está poseyendo”. El ayuno se convierte en una pedagogía espiritual frente al poder, el placer y el ruido interior.
1. El ayuno del “ruido digital” (frente al placer de la distracción)
Vivimos en la era de la dopamina fácil. Ayunar de redes sociales y del uso compulsivo del teléfono es quizá uno de los sacrificios más necesarios.
Propósito: Silenciar el exterior para escuchar la voz de Dios. Pasar del aislamiento digital a la comunión real.
2. El ayuno del consumo (frente al placer de poseer)
El mundo nos dice que somos lo que tenemos. Ayunar hoy significa renunciar a compras innecesarias y a la comodidad excesiva.
Propósito: Recuperar la libertad interior. Recordar que “no solo de pan vive el hombre” y transformar lo ahorrado en limosna concreta.
3. El ayuno del juicio y del ego (frente al poder)
Ayunar de la crítica, de la soberbia y de la necesidad de tener siempre la razón.
Propósito: Purificar las relaciones humanas. Como recuerda el Papa Francisco, es mejor ayunar de palabras hirientes que dejar de comer carne mientras se hiere al prójimo con la lengua.
Aplicación concreta del ayuno en la vida diaria
1. En el trabajo y los estudios: ayuno de la inmediatez
- Ayunar de la queja.
- Ayunar del orgullo profesional.
- Ayunar del celular para leer el Evangelio del día.
2. En el hogar: ayuno de la comodidad
- Ayunar del mando a distancia para escuchar a los demás.
- Ayunar de la última palabra en las discusiones.
- Compartir lo ahorrado con quien lo necesita.
3. Práctica física: ayuno del gusto
- Comer lo que hay, sin elegir lo más sabroso.
- Beber solo agua.
- Aceptar pequeñas incomodidades sin quejarse.
Reflexión final
Si decides practicar el ayuno tradicional, hazlo como un ancla espiritual: que el hambre física te recuerde tu hambre de Dios.
En un mundo que busca el “lleno total”, el cristiano ayuna para dejar un espacio vacío donde Dios pueda habitar.
En definitiva, el ayuno es quitarse uno mismo del centro para que Dios y los demás ocupen ese lugar.
El ayuno es una pedagogía del espíritu para aprender a amar.




