Por
Padre Yuventus Kota, SVD
San José Freinademetz, nacido el 15 de abril de 1852 en Oies, un pequeño pueblo de los Alpes italianos fue un misionero que transformó la entrega en la razón profunda de su existencia. Aunque sus raíces estaban firmemente ancladas en aquellas montañas, descubrió su verdadero hogar en China, una nación que amó con tal intensidad que llegó a desear pertenecerle incluso más allá de la muerte.
Su paso por este mundo no fue una simple predicación de conceptos o doctrinas, sino una auténtica experiencia de encarnación cultural: comprendió que para transmitir el mensaje cristiano era imprescindible, antes que nada, amar, respetar y honrar la identidad del prójimo. Por ello aprendió la lengua, adoptó las costumbres locales y se hizo chino con los chinos, convencido de que el Evangelio solo puede florecer allí donde el corazón del misionero se deja transformar por la cultura que acoge.
Aun cuando el tifus apagó su vida en 1908, su testimonio permanece encendido. Su máxima «El idioma que todos entienden es el amor» resume una existencia consumida por el servicio. Canonizado en 2003, San José Freinademetz continúa enseñándonos que la caridad es el único puente capaz de atravesar toda frontera, ya sea geográfica, cultural o espiritual.
En una pequeña capilla, escondida en medio de la selva, una vela se consumía lentamente cada noche para iluminar el camino de los enfermos que llegaban en busca de consuelo. A su lado, un vidrio de color, incrustado en la ventana, filtraba la luz del sol y la transformaba en esperanza para quienes lloraban en silencio dentro del templo.
Un día, una ráfaga de viento le preguntó a la vela:
¿Por qué permites que el fuego te consuma hasta desaparecer? Podrías estar apagada y durar para siempre.
La vela, con la cera ya casi agotada, respondió con serenidad:
Si no me consumo, solo soy un trozo de cera fría. Mi sacrificio es mi propósito; mi luz solo nace de mi entrega.
Entonces el vidrio de color, que recibía los azotes del granizo y el calor abrasador para proteger el altar, añadió:
Y yo, aunque me agriete con el tiempo, existo para que la luz del cielo pase a través de mí con belleza. Si me guardara tras una persiana, la capilla quedaría a oscuras.
Esta fábula refleja con hondura la vida de San José Freinademetz, primer misionero de la Sociedad del Verbo Divino en China. Su espiritualidad no fue de palabras abstractas ni de teorías bien formuladas, sino de una vida “consumida” por amor, como la vela y el vidrio de esta historia.
Una interpretación espiritual desde su testimonio y sus palabras
1. La vela: “Mi luz solo nace de mi entrega”
San José Freinademetz comprendió que el verdadero misionero debe desaparecer para que Cristo aparezca. Al igual que la vela de la fábula, no buscó preservarse, sino gastarse por los demás.
Cuando llegó a China, decidió que su entrega debía ser total. No quiso ser un “extranjero” que enseña desde fuera, sino un hermano que muere a su propia cultura para nacer en la del otro. Por eso su frase más conocida no es una consigna teórica, sino una confesión de vida: «El idioma que todos entienden es el amor».
Así como la vela se derrite para dar calor, él se “derritió” en su identidad europea para hacerse verdaderamente chino con los chinos, llegando a afirmar con radicalidad evangélica: «Quiero ser chino también en el cielo».
2. El vidrio de color: “Existo para que la luz del cielo pase a través de mí”
El vidrio no es la fuente de la luz; es el medio que la acoge, la filtra y la embellece para que el ojo humano pueda recibirla. Así se comprendía Freinademetz a sí mismo: no como protagonista de la misión, sino como instrumento humilde en manos de Dios.
Soportó persecuciones, enfermedades, incomprensiones y el aislamiento de la selva y de las montañas de Shantung. El “granizo” de las dificultades fue agrietando su salud, pero nunca cerró su corazón. Permitió que la luz del Evangelio atravesara su paciencia y su fragilidad.
No buscó el éxito personal ni la acumulación de resultados visibles. Su misión fue filtrar la misericordia de Dios para que quienes sufrían —aquellos que lloraban dentro del templo encontraran consuelo. Repetía con convicción que la misión no es obra humana, sino divina, y que el misionero es solo el cristal que permite verla.
3. El sacrificio como propósito
La moraleja de la fábula nos recuerda que el trabajo misionero es, en esencia, un desgaste de la propia vida. San José Freinademetz vivió esta verdad hasta el último aliento.
Murió de tifus en 1908, después de cuidar a los enfermos durante una epidemia. Como la vela de la historia, se consumió por completo sirviendo a los contagiados. No eligió la seguridad de la “cera fría” ni la protección de la “persiana”, sino el desgaste total por amor.
Conclusión espiritual
Para San José Freinademetz, ser misionero fue un acto profundo de encarnación. Así como el vidrio se expone al clima y la vela al fuego, él se expuso a la realidad concreta de un pueblo lejano para mostrar que Dios no es una idea distante, sino una luz que acompaña en la oscuridad de la selva, del sufrimiento y del dolor humano.
Su vida nos enseña que el misionero es aquel que permite que su propia existencia sea el combustible del Reino de Dios. No se guarda nada para sí, porque sabe que una vela apagada no cumple su destino.
La luz de la vela es fuego. El fuego es fuerza que transforma. El fuego da calor.
Este fuego constituye también un legado vivo para los misioneros verbitas, en profunda sintonía con el lema del año jubilar de la Sociedad del Verbo Divino: “Testigos de la Luz: desde el mundo para todas las personas”.
La fábula y el lema jubilar: una misma espiritualidad
Esta reflexión conecta profundamente la fábula de la vela y el vidrio con la espiritualidad de San José Freinademetz y con el lema jubilar: “Testigos de la Luz: desde todas partes para todo el mundo”.
Para un misionero verbita, este legado se expresa en tres dimensiones fundamentales:
1. Ser vela: la luz que nace de la inculturación
Ser testigos “desde todas partes” implica no imponer una luz ajena. Freinademetz no llevó una luz “europea” a China; permitió que su propia cera se deshiciera para transformarse.
El misionero no es un reflector que encandila, sino una vela que se desgasta en la realidad local. «Incluso en el cielo quiero ser chino» no es una frase poética, sino una opción espiritual.
Ser testigos hoy exige vaciarse de prejuicios y seguridades para que la luz que brille sea la del Verbo, adaptada al color y a la necesidad de cada cultura.
2. Ser vidrio: la transparencia de la interculturalidad
Ser testigos “para todo el mundo” supone no seleccionar destinatarios. El vidrio no elige a quién iluminar; simplemente deja pasar la luz.
La misión verbita es esencialmente intercultural. Cada misionero aporta un tono distinto, pero es la misma Luz el Verbo la que atraviesa a todos.
Por eso Freinademetz afirmaba: «El amor es el único lenguaje que todos entienden». El amor no necesita traducción; llega a todos.
3. El desgaste: testimonio de una luz que no se apaga
Freinademetz murió sin abandonar a su pueblo. Su vela se consumió por completo.
El legado jubilar recuerda que no somos dueños de la luz, sino sus testigos. Y un testigo no habla de sí mismo, sino de lo que ha visto y vivido.
No se puede ser testigo desde la comodidad. Hay que estar en la “ventana”, como el vidrio, recibiendo el viento y el granizo de las periferias, para que la esperanza llegue a quienes están a oscuras.
Mensaje para el misionero verbita en el Jubileo
Como San José Freinademetz, nuestro legado no es dejar estructuras de cemento, sino ser velas de caridad que se gastan y vidrieras de esperanza que se dejan golpear por la realidad. Ser “Testigos de la Luz” no es brillar con éxito humano, sino permitir que el Verbo se haga carne en nuestro cansancio, en nuestra entrega y en nuestro amor por los más olvidados, desde cualquier rincón del mundo para toda la humanidad.
Compromiso misionero: una vocación para toda la vida (laicos y religiosos)
Para el misionero —laico o religioso— el compromiso inspirado en San José Freinademetz no se reduce a una etapa ni a un período concreto, sino que se asume como una vocación para toda la vida. No es una misión que se ejerce solo en determinados espacios, sino una forma de habitar el mundo, una espiritualidad de la cercanía, una fidelidad cotidiana que se renueva en cada gesto, en cada decisión y en cada encuentro.
Ser misionero, a la luz del testimonio de Freinademetz, es aprender a vivir en clave de proximidad permanente: en el trabajo y en el descanso, en el estudio y en el servicio, en la vida comunitaria y en el silencio del hogar. Es dejar que la luz del Verbo atraviese toda la existencia, sin compartimentos, sin reservas, sin plazos.
1. El compromiso del laico: “Evangelizar el mundo desde adentro”
El laico no necesita ir a otro continente para ser misionero. Su misión es la vida cotidiana: el trabajo, la familia, la política, las redes sociales.
Inculturar el Evangelio significa hablar el lenguaje del mundo actual —tecnología, ecología, justicia social— impregnándolo de valores evangélicos.
En contextos secularizados, el laico es llamado a ser “el idioma que todos entienden” mediante la coherencia, la honradez y la solidaridad.
2. El compromiso del religioso: “Signo de lo eterno y servicio radical”
El consagrado vive la misión desde la disponibilidad total. Está llamado a despojarse de su identidad de origen para ser “todo para todos”, practicando una verdadera hospitalidad cultural.
Su lugar son las periferias, y su tarea es acompañar y formar, sin ponerse en el centro, para que los laicos sean misioneros en sus propios ambientes.
Compromisos compartidos-Camino de vida en lo cotidiano
Más allá del estado de vida, todos asumen tres pilares:
- Oración de interconexión, para permanecer en la Vid y no caer en el activismo vacío.
- Misión vivida como gracia, no como peso, sino como don que genera alegría.
- Diálogo de vida, donde el encuentro humano precede a toda palabra.
Esta reflexión se abre finalmente a la oración, pidiendo al Señor, por intercesión de San José Freinademetz, la gracia de ser en este tiempo velas encendidas y vidrios transparentes, testigos humildes de la Luz que no se apaga.




