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Leo Jesus Leto, SVD

Los cristianos de todo el mundo celebran la solemnidad del nacimiento de Jesucristo. Sin embargo, en el horizonte histórico y teológico, la Navidad nunca ha existido en un vacío. El nacimiento de Jesús no es meramente un acontecimiento espiritual, sino un acontecimiento de fe profundamente arraigado en la historia concreta de la humanidad, una historia marcada por el poder, las tensiones políticas y religiosas, así como por el sufrimiento estructural. Aguirre et al. (2009) afirman que Jesús nació en un espacio y un tiempo determinados, al igual que todo ser humano. Por ello, la encarnación no puede separarse de la realidad de un mundo frágil y herido.

Durante el reinado del emperador Augusto, el censo fue impuesto como un instrumento administrativo del poder imperial. Esta política tuvo un impacto directo en la vida de personas humildes como José y María, quienes se vieron obligados a emprender un largo viaje desde Nazaret hasta Belén. A nivel local, Herodes el Grande gobernaba como un rey títere de Roma: un gobernante cruel, profundamente desconfiado y ávido de poder. En uno de sus actos más brutales, Herodes llegó a arrestar y quemar vivos a unos cuarenta jóvenes judíos que se opusieron a sus políticas, en particular al rechazo de la instalación de una estatua del águila —símbolo del poder romano— en el recinto del Templo. Este trágico acontecimiento pasó a formar parte de la memoria colectiva del pueblo judío y fue conocido por Jesús a lo largo de su vida.

Al enterarse del nacimiento de un “Rey de los judíos”, el miedo de Herodes se transformó en una violencia extrema. Ordenó la matanza de los niños inocentes. José, María y el niño Jesús tuvieron que huir a Egipto, expulsados de su propia tierra por la arbitrariedad letal del poder. Jesús no nació en el centro del poder ni en un espacio considerado digno según los estándares económicos y políticos del mundo, sino en un establo en Belén, un lugar silencioso en los márgenes de la historia. Esta elección divina no fue casual, sino reveladora: Dios elige estar presente en medio de las limitaciones, la pobreza y la fragilidad humanas. Desde el comienzo, la encarnación es un acontecimiento de toma de partido.

Este contexto se refuerza aún más al considerar la situación política más amplia. En la misma época, el Imperio romano continuaba expandiendo su dominio en la región mediterránea. La Pax Romana prometía estabilidad y orden, pero detrás de esta promesa se ocultaba una violencia estructural caracterizada por impuestos opresivos, un estricto control militar y la anulación de la libertad de las comunidades locales. En Galilea, Roma, bajo el gobierno del gobernador Quintilio Varo, llegó a crucificar a unos dos mil judíos en la región de Séforis, que se había rebelado contra el dominio romano. Esta represión fue acompañada por el terror contra los campesinos, la quema de aldeas y la expulsión de poblaciones que luego fueron esclavizadas. En el momento de estos trágicos acontecimientos, se estima que Jesús tenía alrededor de tres o cuatro años (Pagola, 2025).

La huida de la Sagrada Familia a Egipto revela otra dimensión de la encarnación: Dios hecho hombre comparte el destino de los refugiados, de quienes son arrancados de su tierra y de su cultura para preservar la vida. Desde el inicio, la vida del niño Jesús estuvo en contacto directo con un mundo herido por la lógica opresiva del poder.

La encarnación del Verbo de Dios constituye, por tanto, una crítica teológica silenciosa pero profunda al poder mundano injusto y opresor. Jesús, nacido como Hijo de David, no vino a apropiarse de un trono político. Rechazó la dominación y la violencia que sustentan los reinos de este mundo. Ante Poncio Pilato, representante del poder romano, Jesús declara que su Reino no es de este mundo. Esta afirmación no es una evasión de la realidad política, sino la propuesta de un orden alternativo: el Reino de Dios, edificado sobre el amor, la justicia, la verdad y la libertad, y no sobre la espada ni la opresión.

A la luz de la fe cristiana, la Navidad es un acontecimiento de solidaridad divina con un mundo herido. El Dios trascendente entra en la historia humana marcada por el dolor y habita entre los frágiles. El manifiesto del ministerio de Jesús afirma la opción de Dios por los pobres, los cautivos, los oprimidos y los marginados.

Por ello, la encarnación no es únicamente un dogma cristológico, sino un fundamento ético para la praxis de la fe. La espiritualidad de la Navidad llama a los creyentes a comprometerse activamente en la lucha por restaurar la dignidad humana desgarrada y a cuidar la vida amenazada por la codicia, el egoísmo y la arrogancia.

El mundo que acogió el nacimiento de Jesús hace dos mil años era un mundo herido, y esas heridas aún no han sanado por completo. Hasta hoy, la historia de la humanidad sigue marcada por la violencia étnica, las guerras y los conflictos geopolíticos. En Gaza, niños y mujeres inocentes continúan siendo víctimas de una violencia prolongada. En Ucrania, muchas personas viven bajo la sombra de la guerra y el desplazamiento forzado. En Venezuela, cientos de miles de habitantes se han visto obligados a abandonar su patria en busca de seguridad y libertad a causa de un régimen autoritario.

En Indonesia, las heridas de las comunidades más vulnerables se profundizan a causa de prácticas de corrupción y de la explotación de la naturaleza, que generan desastres ecológicos mortales. Las tragedias ocurridas en diversas regiones, como en Sumatra, han arrebatado miles de vidas humanas y destruidos asentamientos enteros. Estos desastres no pueden entenderse como simples fenómenos naturales, sino como consecuencias de la crisis ecológica global y local, de la explotación de los recursos por parte de intereses codiciosos y de desigualdades estructurales que agravan la vulnerabilidad de los más pobres.

Estas heridas son un eco de la misma violencia estructural que desde el principio amenazó la vida del niño Jesús. El sufrimiento ecológico se convierte en un signo de los tiempos que urge y exige una conversión colectiva. Por ello, la Navidad llama a los cristianos a desarrollar una espiritualidad ecológica: una espiritualidad que ame respete y cuide la tierra, al tiempo que se solidarice con la vida de los más pequeños, los más afectados por la degradación ambiental.

En este contexto, la Navidad no debe reducirse a una nostalgia religiosa ni a una celebración meramente simbólica. La Navidad es un clamor profético que desafía las prácticas de violencia e injusticia continuamente normalizadas en la vida social y política. Invita a la humanidad a amar, compartir y construir una convivencia pacífica. El sentido de la Navidad no reside en el brillo de las celebraciones, sino en la disposición a recorrer nuevamente el camino silencioso de Jesús en Belén: el camino del amor, la humildad, la paz, la sencillez y la solidaridad.

Cuando estos valores se encarnan en la praxis cotidiana, la Navidad se convierte en un acontecimiento de fe verdaderamente transformador. En medio de un mundo enfermo y herido, la presencia de Jesús, el Rey de la Paz, se revela como fuente de esperanza, fortaleza moral y llamada para que la humanidad participe en la obra restauradora de Dios sobre una historia que aún no ha sanado completamente de sus heridas.