Por
Padre Yuventus Kota, SVD
El Adviento nos recuerda que no debemos instalarnos en la comodidad, la pasividad o la rutina. Por el contrario, estamos llamados a caminar con el corazón despierto, siempre atentos y vigilantes, preparados para recibir al Señor que viene y para responder con valentía a los desafíos de cada día.
En esta temporada, una verdad fundamental golpea mi interior: el cristianismo no es una fe que se reduce a eventos pasados ni a promesas futuras, sino que se vive en el aquí y ahora. Muchas veces tendemos a compartimentar nuestra fe: celebramos la Navidad como un acontecimiento histórico lleno de ternura y miramos el fin de los tiempos como algo lejano y abstracto.
Sin embargo, tanto el profeta Isaías como el evangelista Mateo nos recuerdan que el Adviento es, ante todo, una escuela de vigilancia en el presente, un llamado a reconocer las señales de Dios en lo cotidiano.
Me interpela especialmente la idea de que mi propia comodidad, mis rutinas y mi pasividad pueden convertirse en obstáculos espirituales. Me pregunto:
¿En qué rutinas me he “instalado”?
¿Estoy tan ocupado proyectando el futuro o repasando el pasado que dejo de ver al Cristo que se hace presente hoy en las personas y situaciones que me rodean?
La invitación del profeta Isaías a la justicia social aterriza esta espiritualidad en la realidad concreta. No basta con desear una paz interior; el Adviento me desafía a trabajar activamente por la paz exterior. La imagen de transformar la industria de la guerra en una industria de vida es poderosa y me impulsa a revisar mis decisiones, mi modo de consumir, mi nivel de compromiso y mi responsabilidad como creyente.
¿Estoy construyendo paz con mis acciones o, por omisión, permito que la cultura del conflicto, la indiferencia o la injusticia siga avanzando?
La frase: “Si estamos agobiados por noticias tristes es porque no caminamos bajo la luz del Señor”, lejos de ser un juicio, es una invitación profunda a cambiar mi mirada. La esperanza cristiana no es ingenuidad ni optimismo superficial; es una elección activa de caminar bajo la luz de Dios, confiando en que la justicia, el bien y la verdad tienen la última palabra.
El Adviento, entonces, se convierte en un tiempo de urgencia santa. No se trata solo de preparar un pesebre, sino de preparar el corazón, la vida cotidiana, nuestras obras y nuestras relaciones para acoger al Señor que viene en silencio, en humildad y también en las exigencias de la realidad actual.
El Adviento es una invitación radical a despertar espiritualmente. Nos desafía a dejar atrás la comodidad y la pasividad para vivir en una vigilancia activa, profunda y comprometida. La verdadera preparación para recibir al Señor no se limita a la interioridad piadosa, sino que se concreta en un compromiso real con la justicia social, la paz, la solidaridad y la esperanza viva.
Prepararnos para Cristo es transformar cada momento en una oportunidad para escucharlo, reconocerlo y actuar según Su voluntad, convirtiendo nuestra vida en un espacio donde la luz del Evangelio pueda brillar con fuerza.




