Domingo 32° durante el año: 9 de noviembre 2025
Nueva reflexión sobre el Evangelio dominical de nuestro especial bíblico
Se acercaron algunos de los saduceos, los que sostienen que no hay resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito que, si a uno se le muere un hermano casado y sin hijos, debe tomar a la mujer para dar descendencia a su hermano. Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos; la tomó el segundo, luego el tercero; y murieron los siete, sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete. Jesús les dijo: Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven. Algunos de los escribas le dijeron: Maestro, has hablado bien. Pues ya no se atrevían a preguntarle nada. (Lucas 20,27-40)
Referencias bíblicas
– Se le acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés dijo: Si alguien muere sin tener hijos, su hermano se casará con la mujer de aquél para dar descendencia a su hermano. Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y murió; y, no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. Sucedió lo mismo con el segundo, y con el tercero, hasta los siete. Después de todos murió la mujer. En la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque todos la tuvieron. Jesús les respondió: Están en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. En la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles del cielo. Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído lo dicho por Dios: Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Al oír esto, la gente se maravillaba de su doctrina. (Mateo 22,23-33)
– Se le acercan unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer. Jesús les contestó: ¿No están en un error, precisamente por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Están en un gran error. (Marcos 12,18-27)
– Si unos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener hijos, la mujer del difunto no se casará fuera con un hombre de familia extraña. Su cuñado se llegará a ella y la tomará por esposa y cumplirá con ella como cuñado, y el primogénito que ella dé a luz perpetuará el nombre de su hermano difunto; así su nombre no se borrará de Israel. (Deuteronomio 25,5-6)
– Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hecho semejante a él en la muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera para alcanzarlo, como Cristo Jesús me alcanzó a mí. Yo, hermanos, no creo haberlo ya conseguido. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. (Filipenses 3,7-14)
– Dijo, pues, Moisés: Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza. Cuando Yahvé vio que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza: ¡Moisés, Moisés! Él respondió: Heme aquí. Le dijo: No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es suelo sagrado. Y añadió: Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios. (Éxodo 3,3-6)
– Porque si nos hemos injertado en él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda libre del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también ustedes, considérense como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. (Romanos 6,5-11)
– Yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. No anulo la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justicia, habría muerto en vano Cristo. (Gálatas 2,19-21)
– Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas. (Mateo 22,46)
– Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas. (Marcos 12,34)
Comentario
Levir significa cuñado en latín y de ahí le ha venido el nombre a la ley del levirato. La expresión original hebrea es yabam, que significa cuñado en sentido amplio. Si un hombre fallecía sin haber tenido hijos, su hermano debía desposar a la viuda para darle descendencia al difunto. El primer hijo se consideraba como si fuera del difunto, llevaba su nombre y recibía su parte de la herencia. Entre los hebreos, morir sin hijos era una gran desgracia. Para superar este problema y para asegurar una estabilidad de los bienes familiares se estableció esta ley. Sobre la base de la ley del levirato, el evangelio describe un caso ficticio y una controversia sobre la resurrección de los muertos entre los saduceos y Jesús. El caso de los siete matrimonios sucesivos y considerados desde la ley de Moisés era para los saduceos una clara demostración de que la resurrección después de la muerte era algo imposible. El relato presenta primero a los saduceos como los antagonistas de Jesús. Luego viene la pregunta fundamentada en la ley de Moisés y la correspondiente respuesta de Jesús. Finalmente aparece una sentencia de sabiduría y la conclusión del relato.
Los saduceos constituían una corriente transversal, compuesta por la aristocracia religiosa de los sacerdotes y la aristocracia laica de los ancianos. Formaban un grupo pequeño, pero fuertemente organizado. Pertenecían a los saduceos los sacerdotes dirigentes, los grandes comerciantes y los ricos hacendados del campo. Eran mayoría en el Sanedrín o Consejo Supremo. Tenían el poder religioso, político y económico de la nación. Además, controlaban la administración de justicia, pues el Sanedrín era la instancia suprema de apelación. Sólo aceptaban la ley de Moisés y rechazaban su desarrollo posterior a través de los profetas. No creían en la resurrección, pues en la Ley no se hablaba de ella. No había más salvación que la terrena y era el mismo hombre el que causaba su fortuna o desgracia. Eran hedonistas y liberales en el goce de sus privilegios. Les interesaba disfrutar de su riqueza en esta vida. Junto con una actitud religiosa tradicionalista se daba en ellos una licenciosa relajación de costumbres.
La respuesta de Jesús se basa en la visión tradicional judía sobre la resurrección, que recién toma forma en los libros de Daniel y 2 Macabeos. En ellos aparece la resurrección individual en el contexto de los mártires de la persecución seléucida en la época helenística. Ellos entregaron su vida por su fidelidad a Dios y seguirán viviendo plenamente en el reino de Dios. El evangelista distingue claramente la vida en este mundo de la vida en el más allá. Son dos formas completamente distintas de vida. En el más allá, los justos de transforman en hijos de Dios porque son hijos de la resurrección. Finalmente, Jesús aduce el argumento de la zaraza ardiente de Moisés, en que Dios se revela como el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Es decir, Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque los patriarcas participan ya de una nueva vida junto a Dios. Y termina con la breve conclusión: para Dios todos viven, es decir, todos están llamados a vivir para siempre.
P. Sergio Cerna, SVD




