Domingo de Pentecostés: 8 de junio 2025
Nueva reflexión sobre el Evangelio dominical de nuestro especial bíblico
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz con ustedes. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío. Dicho esto, sopló y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos. (Juan 20,19-23)
Referencias bíblicas
– Estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien. (Marcos 16,14-18)
– Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz con ustedes. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué se turban y se suscitan dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean, porque un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo. Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: ¿Tienen algo de comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: Les dije estas palabras cuando todavía estaba con ustedes: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras y les dijo: Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre. Ustedes permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto. (Lucas 24,36-49)
– Les dejo la paz, mi paz les doy; no se las doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde. (Juan 14,27)
– Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo. (Juan 16,33)
– Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será derribado. Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. (Juan 12,31-32)
– Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levántense. Vámonos de aquí. (Juan 14,30-31)
– En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. (Juan 1,10-11)
– En la casa en que entren, digan primero: Paz a esta casa. Y si hubiere allí un hijo de paz, su paz reposará sobre él; si no, se volverá a ustedes. (Lucas 10,5-6)
– Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. (Lucas 24,15-16)
– Les he dicho esto, para que mi gozo esté en ustedes y sea colmado. (Juan 15,11)
– También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar. (Juan 16,22)
– Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. (Juan 17,18)
– Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. (Mateo 28,19)
– Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. (Marcos 16,15)
– Se predicará en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. (Lucas 24,47)
– Recibirán una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra. (Hechos 1,8)
– Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos con un mismo objetivo. De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno; se llenaron todos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. (Hechos 2,1-4)
– Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros espíritu. Se hará la estepa un vergel,
y el vergel será considerado como selva. Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua. Y habitará mi pueblo en albergue de paz, en moradas seguras y en posadas tranquilas. (Isaías 32,15-18)
– Y Juan dio testimonio diciendo: He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. (Juan 1,32)
– El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida. (Juan 6,63)
– Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. (Génesis 2,7)
– Reposará sobre él el espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvé. (Isaías 11,2)
– A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. (Mateo 16,19)
– Yo les aseguro: todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. (Mateo 18,18)
Comentario
La escena relatada en el evangelio de Juan presenta a la comunidad de los seguidores de Jesús como un lugar privilegiado para llegar a tener una experiencia personal con él. En dos oportunidades, Jesús saludó a sus discípulos con la tradicional fórmula: La paz con ustedes. El saludo fue algo más que una mera fórmula, pues paz y serenidad era precisamente lo que necesitaban los discípulos temerosos de los judíos e inseguros ante lo que les podría suceder en el futuro. Si el Maestro había terminado experimentando una muerte violenta, ellos estaban muy inquietos por el destino que les esperaba. Por eso, los discípulos se alegraron de ver al Señor. Él les mostró las manos y el costado, como signos de la agresión brutal que debió soportar y de las heridas mortales que le hicieron durante la crucifixión. El mensaje de este gesto era claro. La resurrección de Jesús no había eliminado ni borrado las señales de la cruz. De ahí en adelante, la cruz y la resurrección permanecerían siempre unidas, tanto para el Maestro como para sus discípulos. La falta de fe y confianza de los discípulos requería, en forma urgente, de una experiencia personal directa con el Señor resucitado. Además, ellos necesitaban tener la certeza de que había una relación de identidad entre el Jesús histórico que había sido crucificado y el resucitado que se les aparecía ahora. Era verdad que los signos que Jesús había hecho durante su vida y los que hizo después de su resurrección eran una invitación a creer en él. Sin embargo, siempre quedaba una dimensión misteriosa en la persona de Jesús, que debía ser superada por los propios discípulos, a través de la aceptación personal de su llamada. Por eso, la escena entera es un llamado a la comunidad creyente a ser una imagen transparente y alegre del Señor muerto y resucitado. Esta era la misión que Jesús había encargado a sus discípulos, después de desearles la paz y de insuflar el Espíritu de Dios sobre ellos.
A continuación, Jesús envió a sus discípulos a continuar la misión, tal como él mismo había sido enviado por su Padre al mundo. Jesús ya lo había expresado en su oración al Padre: Como tú me enviaste al mundo, así yo también los he enviado al mundo. (Juan 17,18) Había una clara relación de continuidad entre la misión de Jesús y la misión de sus discípulos. Los discípulos, frágiles y temerosos, sólo podrían cumplir la misión de ser testigos del Señor resucitado a través de la presencia del Espíritu de Dios, quien sería luz y fuerza para ellos. De este modo, junto con el envío a la misión, Jesús infundió sobre los discípulos el Espíritu Santo. En el comienzo del relato de la creación del Génesis, el Espíritu de Dios ya aleteaba por encima de las oscuras, profundas y amenazantes aguas del abismo (1,1), como un anticipo de lo que sucedería más adelante. En el relato del paraíso del mismo Génesis, Dios insufló su aliento de vida sobre el hombre que había formado y éste llegó a ser un espíritu viviente. (2,7) En esta oportunidad, Jesús sopló sobre sus discípulos y ellos adquirieron una nueva vida, que los capacitaría para transmitir también una nueva vida a todos, y especialmente a los pecadores, a través del perdón. La misión de los discípulos consistiría en tratar de superar todas las manifestaciones del mal, a través de su opción fundamental por el bien y por la vida.
P. Sergio Cerna, SVD




